Strangers In The Wagon (Requiem No. 2)
..eso me recordó las veces que dije que sin ti no podía vivir y me dió risa, sabes
Medina Reyes
El tren se detiene y entro con cierta desconfianza a un vagón de clase económica. No acostumbro a frecuentar estos sitios pero es necesario tomar el primer tren disponible para encontrarme con un tipo con cara de bobo que dice que puede traducir toda la mierda que escribo al Italiano. Estoy en el corazón de la tierra que alguna vez expulsó de sus entrañas a Mussolini y a los de su estirpe; es un lugar horrible lleno de hollín y de gente pretenciosa; la torre de pisa no está muy lejos pero estoy más que seguro de que nunca volveré a poner pié a un kilometro a la redonda.
Encuentro un asiento vacío al lado de un tipo que apesta a marihuana, a licor barato y a mala vida. Cuando me ve se hace a un lado y me siento en el espacio libre intentando contener la respiración sin mucho éxito. El malviviente y su olor se han apoderado del ambiente; es claro que el tipo lleva allí agazapado por días.
Aquella imagen me hace pensar en toda esa gente que cree que Europa es la verga. En el lugar donde nací se tiende a dar por sentado que en estos países no existe la inmundicia ni la exclusión ni la escoria; nada más equivocado. Cualquier lugar del mundo tiene un espacio para los perdedores y para los escupidos, para los que dan tumbos y huelen a feo. En Europa me encontré con muchos de esos espacios, sobretodo en los vagones de clase turista, en los trenes, y en los parques. Y toda aquella inmundicia es de lejos peor que la inmundicia eficazmente letal de suramerica; dura toda una vida, te deja vivir por mucho tiempo y se mezcla con el fétido olor de los trenes y de los lugares de mala muerte. El Europeo marcado huele a eso para siempre: a sobaco de tren del mediodía, a derrota, a abrigo húmedo, a marihuana pegada a la ropa y a la piel.
El mendigo sentado a mi lado me mira de reojo e intenta encontrar una explicación para mi presencia en aquel vagoncito, me doy media vuelta y sin decir una palabra le ofrezco una manzana verde y él la recibe y sacia su hambre con voracidad y con su hambre desaparece también la curiosidad que le inspiraba (noto que deja de mirarme). Ahora mira fijamente hacia el infinito, hacia los campos, hacia los pueblos apestosos que la ventana rayada y sucia va revelando poco a poco. Su mirada denota desesperación y ansiedad, tiene la boca entreabierta; parece que su sueño secreto no es otro que tragarse de un sólo bocado todo ese mundo esquivo y mezquino que sus ojos divisan.
El mendigo pierde mi atención cuando te reconozco a ti, sentada en una silla de la derecha del vagón que te permite mirarme a la cara directamente trazando una diagonal con tus ojos marrones. El vagón es de un color beige sucio y descolorido y tú estás ahí sentada, acompañada por un tipo en camisilla que dezconozco. Tu mirada me indica que eres la misma de siempre, que no has cambiado ni un ápice; que tienes algún tiempo mirándome descaradamente y me has reconocido.
Mi sangre se enfría y mi estómago se cierra, me hace falta el aire por un momento pero logro disimularlo todo y me las arreglo para evitar cualquier gesto que ponga en evidencia la excitación que me produce verte después de tantos años.
Tú me miras con ahínco pero tu mirada inquisidora se estrella con la oscuridad profunda de unas ray-ban vintage como las que usaban los tipos duros de las películas; no puedes descifrarme.
Sé que aunque vives en el lugar que consideras la Meca de la moda no tienes ni idea de lo que es un atuendo vintage, eres superficial incluso para lo superficial.
Tú me sigues mirando fijamente y yo hago lo mismo con cautela a través de la sombra que producen las gafas; sé que te produce mucha curiosidad saber si te miro a ti o a algún punto fijo en el horizonte pero nunca te concederá la respuesta. Soy un tipo soberbio, indómito, intocable, la gente como tú cree que soy ruin y detestable y tienen algo de razón. Mientras me miras mi cabeza vuelve a aquellos tiempos en los que el dolor no me dejaba vivir, a las mañanas en las que me levantaba maldiciendo la vida con el paladar lleno de ausencia. Sabes que te lo di todo chiquilla, tú lo sabes: Soy todo lo que desearías, mucho más de lo que puedes pedirle a la vida.
Saber que fuiste mi chica, mi adoración y mi amiga no significa nada en este vagón de tren de mala muerte, los buenos recuerdos se han desvanecido y solo quedan las memorias de todas las noches de ausencia, sólo queda la sensanción de que me usaste en tanto pudiste y que al final nada te importó mucho: te largaste sin piedad y me abandonaste. ¿Recuerdas cuantas veces te negaste, cuantas veces me volviste una mierda, cuantas veces la cagaste? Esas imágenes son lo único que llevo ahora en mi cabeza. Son las imágenes de mi entrega, de tu traición, de tu ingratitud, de la facilidad de tu abandono, de la perfidia de tu maldito amor.
Noto cómo me miras de arriba a abajo con mucho desconcierto, cómo intentas los gestos de nuestras fotos, cómo buscas parecerme familiar con cada gesto. Pero todo resulta infructuoso, conozco tus juegos y te aseguro que no obtendrás ninguna reacción, ningún gesto que le dé sosiego a tu alma. Luces impasible amiga mía, me recuerdas a aquel chico que dejaste tirado una tarde de sábado.
El mendigo me toca el hombro y me dice algo en un Italiano horrible, yo le doy unas cuantas monedas y me sonríe y yo le sonrío y le digo que lo gaste en comida, que el licor y la droga llegan más fácil que la comida. Se ríe a carcajadas y llena el espacio de un vaho de muerte en vida y yo compruebo que hasta los muertos vivientes tienen sentido del humor.
Tu mirada vuelve a llamarme pero se interrumpe con el llamado del malviviente que te acompaña, es un tipo desagradable y escaso de ropa y muy seguramente de ideas; podría jurar que eres infeliz a su lado pero eso ya no me importa. Despachas su inquietud rapidamente y vuelves a fijar tus ojos en mi, pero esta vez haces un ademán extraño y me da la impresión de que te vas a levantar y vas a venir a buscarme; nunca he sido muy creyente pero le ruego a Dios que no sea así, la sangre vuelve a ponerse fría y mis venas están a punto de estallar pero esta vez no ganarás, siempre fui muy debil contigo, te adoraba con toda mi alma y las maneras de un enamorado se parecen mucho a la debilidad, sólo los cerebros más aguzados logran discernir entre una cosa y la otra.
Una voz robótica indica que la siguiente es mi estación de destino, llamo al traductor con mi teléfono móvil y me dice que todo está listo, que sólo debo firmar unos cuantos papeles y conceder una entrevista a un reportero de una revista literaria de escasa circulación. No me encantan las entrevistas pero todo aquello me permite tener un masserati esperando en el parqueadero de la estación; desde cierta óptica se podría afirmar que no me está yendo nada mal. El tren empieza a detenerse en el único lugar medianamente pulcro que he visto en horas.
Me levanto lentamente, le doy otra moneda al mendigo y le digo que ésta sí la puede gastar como le de la gana, me sonríe mostrándome una dentadura negra y yo le hago un gesto de despedida; hay una puerta a unos cuantos pasos pero decido salir por la puerta más cercana a ti, cuando paso a tu lado noto que has decidido hablarme y estiras una mano hacia mí pero te arrepientes. Todavía eres la misma chiquilla orgullosa de siempre y tal vez eso te llevará a la perdición. La puerta se abre y tú quedas casi boquiabierta y yo salgo rapidamente, dándole un respiro a tu nariz que queda nadando en una fina estela de perfume de Bulgari. Sólo eso has logrado sacar de mi en esta ocasión y puedo jurar que vi dos lagrimas gruesas resbalando por tus mejillas, las mismas lagrimas que derramé al teléfono desde aquella ciudad del tercer mundo muchos años atrás. No sabes cuantas veces soñé todo ésto; el destino es un hijo de puta y ha venido a fenecer algunas cuentas pendientes. Si lo hubiera planeado nunca habría podido ser tan despiadado, tan enfermo, tan cruelmente preciso.


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