Hector Abad Faciolince

No hay duda de que "El Olvido Que Seremos" es una novela hermosa a fuerza de nostalgia. Abad Faciolince logra contar la historia de su padre y entretenernos y conmovernos sin ser descaradamente hagiográfico o empalagosamente sensiblero. Ésta es, en contra de cualquier pronóstico, una novela sincera; o por lo menos, más sincera que lo que se esperaría de una novela en la que un hijo evoca a su padre muerto.
Abad no intenta engañarnos forjando con las memorias de su padre la leyenda de un superhombre: "Confundía a Hegel con Engels", no intenta otorgarle calidades de mártir o convencernos de que no ha existido un hombre más sabio, más prudente o suspicaz que el Dr. Abad Gómez.
Es claro, por otra parte, que la novela no se limita a hacer un recuento de episodios jocosos o dolorosos de la familia Abad; el autor hace uso de sus recuerdos para contarnos también una historia sobre un país jodido históricamente por la iglesia y por una élite mafiosa incapaz de ganar una discusión sin esgrimir el cruel argumento que viene incrustado en el plomo de las balas.
Esa honestidad con la que el autor evoca las memorias de su padre permite (por lo menos a mi) creer en la visión que propone sobre aquella Colombia intolerante, beata y estúpida, sobre aquella Colombia que veía peligrosos comunistas hasta en la sopa. Uno de los grandes méritos de la novela es, precisamente, que denuncia con pelos y señales los vicios recurrentes de este país, la fría y calculadora crueldad con la que obraba (obra) nuestra extrema derecha. Y todo se cuenta de forma tan desgarradora y pesimista que al final, cuando uno acaba de leer el olvido que seremos, hay un nuevo interrogante en nuestras cabezas: ¿Todo esto ha cambiado significativamente o, en el fondo, todavía nos seguimos pareciendo a esa sociedad mezquina que denuncia la novela?
Creo que el ritmo de la prosa de Abad Faciolince es lento en ocasiones (tal vez por el abuso de las clausulas subordinadas) pero insisto: El olvido que seremos merece ser leída porque es una novela honesta. Tan honesta que casi me estremezco al recordar la referencia a "La Muerte en Venecia", la película de Luchino Visconti inspirada en parte por la novela homónima del gran Thomas Mann y en parte (según los expertos) por la vida de Gustav Mahler. A propósito de ese filme, Abad Faciolince nos cuenta que su padre lo llevó en múltiples ocasiones al cine a ver aquella película en la que un adulto mayor acecha tiernamente a un hermoso chiquillo, como entregándose por primera vez en su vida a los dictados de su fibra más íntima. El protagonista, tanto en el libro como en el ladrillo cinematográfico de Visconti, termina sucumbiendo voluntariamente a una terrible epidemia, convertido en un viejo lechuguino que prefiere morir a abandonar la inquietante presencia de un pálido y hermoso infante que responde al nombre de Tadzio.
El autor de "El olvido que seremos" nos explica que "todos tenemos en nuestras vidas algunas zonas de sombra (...) que pueden estar a la sombra porque de verdad, e independientemente de cualquier tiempo o cultura, son hechos reprobables, detestables, que la moral humana de cualquiera no podría aceptar". Y al final de ese capítulo, justo después de haberme leído la página 228, yo creí haber encontrado la que podría ser la confidencia más sincera, impúdica e incómoda que un hijo puede hacer al mundo sobre su padre: Tal vez una confidencia sobre sus preferencias sexuales.
Aún después de unas cuantas semanas de leerme el olvido que seremos me sigue embargando una pregunta: ¿Qué secreto encontró Abad Faciolince en las gavetas de su padre muerto? ¿Cual era esa zona de sombra?.
Solo el narrador de la novela podría responder ese interrogante, pero aveces, en mi propia zona de sombra, me imagino al Doctor Abad Gómez ataviado con un hermoso traje (como el Von Aschenbach de Mann) o con la cara embadurnada de una ridícula pócima blanca que lo hace ver algo más joven e inconmensurablemente ridículo (cómo el Aschenbach de Visconti).
