Sobre la Puta De Babilonia
"Mil setecientos años de oportunidad ha tenido el cristianismo: desde que se montó al carro del poder de Constantino; y mil cuatrocientos el mahometismo: desde que lo fundó Mahoma. Durante esos largos siglos de oportunidad perdida lo único que han hecho una y otro es bañar el mundo de sangre humana y sangre de animales. No hay razón para que este par de fanatismos monstruosos disfrazados de religiones perduren un día más. Ha llegado la hora de decirles basta".
Fernando Vallejo
Esta última obra de Vallejo pudo haber sido un mamotreto lleno de pies de página como los que le hacen leer a los universitarios en los primeros semestres; una terrible hegemonía de cifras, años, nombres de papa y números romanos; un ladrillo inaguantable.
No obstante, el indudable talento del paisa en cuestión, convierte lo que pudo haber sido un libro aburridísimo en un ensayo lúcido, vibrante y entretenido. La lectura de la puta de Babilonia es una delicia sin que su autor haya prescindido de la rigurosidad histórica y académica que exige escribir un libro en el que se tilde a Jesucristo de taumaturgo y a Mahoma de criminal. No queda títere con cabeza: cada bellaquería papal, cada encíclica leonina, cada crimen monstruoso es relatado con detenimiento.
Uno puede sentirse tentado a mandar el libro al carajo cuando, al terminar la primera página, nota que la lista de epítetos se extiende hasta la segunda y parece no terminar nunca. Pero hay que tenerle un poco de paciencia, detrás de los epítetos se esconde una obra llena de argumentos brillantes, que nos convence (o intenta hacerlo) en franca lid, a la luz de la lógica y la retórica.
A los putazos, los mierdazos y los excesos ya estamos acostumbrados quienes conocemos el estilo de culebrero paisa de Vallejo, pero queda la sensación de que aveces, sobretodo en esta obra, la verdulería sobra. Vallejo logra empantanar pasajes preciosos del libro porque parece sucumbir a la tentación de usar su característico lenguaje soez. Casi siempre aquello resulta muy divertido, es cierto, pero aveces el lenguaje se nos presenta como un maldito tren sin frenos lleno de madrazos. En ocasiones, los excesos (como putear a un papa muerto o confesar con pésimo timing su pederastia) opacan la lucidez, agudeza y elegancia semántica con las que se construyen los planteamientos más sensibles del ensayo (parece un ensayo).
El libro es un manjar, sin embargo, y no me atrevería a suprimir ni una sola de sus palabrotas. Me aventuraría a decir que quitarlas sería traicionar su espíritu, sería peligrosísimo: podríamos perder la fluidez de la lectura, su aire de familiaridad.
Eso es: La Puta de Babilonia tiene un aire a esas historias trágicas que nos cuenta un conocido, es como una diatriba contada al calor de unas cervezas por un vecino malhablado pero muy agudo, pero muy muy agudo. Eso la convierte en una lectura deliciosa.
Mi madre, que no se ha leído la novela (y es muy católica), se atrevió a decirme que la motivación de Vallejo era un resentimiento terrible, que no se podía escuchar tanto, en estas cuestiones, a un tipo tan resentido. Es un homsexual/bisexual/pederasta confeso - me dijo- no me extraña que su resentimiento provenga de una mala experiencia con uno de estos curitas que aplican a rajatabla aquella vieja enseñanza de Jesucristo que predicaba: "Dejad que los niños vengan a mi".
Y esa es solo una respuesta a uno de los más grandes interrogantes que nos deja la lectura de la Puta. ¿De donde viene tanta rabia? ¿Qué sentimiento lleva a un hombre a esculpir una obra tan rabiosa como la que nos hemos leído?








