Jorge Elías Guebelly, Jorge Eduardo Gechem
Enfrentamos una larga racha de libros que cuentan historias sobre los vejámenes y torturas que sufrieron las personas secuestradas por Las FARC; casi todos los plagiados que recuperan la libertad deciden que vale la pena contar su historia en un libro y entonces escriben unas cuantas cosas o le venden sus memorias al mejor postor para que éste las convierta en uno de esos libracos sin alma que publican hasta las editoriales más respetables para aprovecharse del morbo de la gente, de la tendencia generalizada a escudriñar en todas las penurias por las que tuvieron que pasar los secuestrados. Rondan por ahí en las estanterías de las librerías y se venden como pan caliente, entre otras, las memorias del secuestro de Luis Eladio Pérez, las de Frank Pinchao y están en camino las del excanciller Fernando Araújo (recordado por el escándalo de Chambacú) y muy seguramente las de esa nueva Ingrid Betancourt Afrancesada y New Age que vemos en la televisión.
Recordando un párrafo de Asumpta Camps sobre la obra de Primo Levi, Antonio García Ángel usó la expresión cuadernos del dolor para referirse al genero que engloba a este tipo de literatura basura. No podría imaginar un apelativo más apropiado; eso es precisamente lo que son esos libros: cuadernos en los que se consignan esbozos más o menos acertados del retrato del dolor que produce el secuestro. No es sorprendente que se vendan como pan caliente entonces, porque es claro que la gente paga sin escatimar un centavo por la posibilidad de dar un vistazo al dolor ajeno.
Nada excusa, a mi juicio, la proliferación de esta entretención barata y morbosa disfrazada de literatura, pero no puedo hacer mucho al respecto. Lo que me ocupa es, a propósito, el libro que contiene las memorias del secuestro del exsenador Huilense Jorge Eduardo Gechem, que no solo se limita a narrarnos con pelos y señales los pormenores del secuestro del excongresista (que incluye el secuestro de un avión y es digno de una película de Hollywood) , sino que además nos presenta un concienzudo análisis (Alerta de Subjetividad: yo participé en su elaboración) sobre la problemática del secuestro en Colombia, una tipología de ese fenómeno y unas precisiones académicas sobre las posibles causas estructurales del secuestro en nuestro país.
La primera parte es una crónica pulcra y de lectura fácil escrita por Jorge Elías Guebelly, doctor en literatura de la Sorbona, en la que no se ahonda mucho en detalles morbosos y se logra mantener la tentación -amarillista- a raya. Terminada la crónica, el exrector de la Universidad Nacional Ricardo Mosquera Mesa, propone unas posibles causas estructurales para la problemática del secuestro en Colombia, recorriendo la historia de ese terrible flagelo en nuestro país y dando un vistazo a los acontecimientos y a las posibles equivocaciones históricas que hicieron del secuestro una práctica reiterada por parte de los grupos armados.
El diseño de la portada es atroz y la edición es muy mala, pero este libro es diferente porque no solo se limita a ofrecernos un nuevo relato doloroso sobre la vida en el monte y sobre las torturas de la guerrilla; de esos relatos ya hay muchos que se convirtieron en libro y todos se parecen: El secuestrado era un soldado o un político, lo secuestran, lo separan de su familia por mucho tiempo, el secuestrado sufre muchísimo, no come bien, se mantiene al borde de la muerte, se contagia de enfermedades tropicales y etcétera. Una vez leído el primero, uno se ha leído todos, porque la crueldad de la guerrilla es siempre la misma y porque los periodistas que escriben estas crónicas tienen claro que deben hacer hincapié en los detalles escabrosos para vender bien el libro.
Decía que Desviaron el vuelo es diferente porque al final, cuando usted se lo haya terminado sentirá que habrá leído algo más que unas memorias lastimeras y llenas de resentimiento. Aunque usted no sea un lector habitual de prensa amarillista ni se sienta atraído por las crónicas del dolor, no verá su tiempo desperdiciado con más páginas empapadas de sangre, sudor y lagrimas; también habrá logrado dar por lo menos un paso más hacia el entendimiento del conflicto Colombiano y habrá obtenido uno o dos nuevos elementos de juicio para irse formando un criterio propio sobre la discusión entre los detractores y los promotores del llamado intercambio o canje humanitario.
Valga señalar que, durante el lanzamiento en la Casa de Nariño, el presidente Álvaro Uribe (Quien escribió el prólogo) reiteró en presencia de Luis Eladio, Pinchao y otros secuestrados, su posición negativa hacia la posibilidad del intercambio en las condiciones propuestas por la guerrilla. Estamos ganando la guerra dijo -déjenme la tareíta de rescatar a los secuestrados a mi-. Saliendo de la casa presidencial, Luis Eladio se acercó a un grupo de asistentes al lanzamiento y espetó algo como: -Lo mismo de siempre, está claro que este gobierno no está dispuesto a dialogar.
Valdría la pena preguntarse entonces: ¿Intercambiar un senador o un policía por dos guerilleros presos es una forma de diálogo? ¿Qué hacemos con esa idea Kantiana que predica que el ser humano es un fin en si mismo y no un medio para conseguir un fin?
¿Si aceptamos el intercambio no estaríamos incentivando el secuestro, diciéndole a la guerrilla que éste es una forma legítima y muy efectiva de lucha?
Todos esos interrogantes, muy pertinentes, se siembran en nuestras cabezas después de una lectura cuidadosa del libro de Mosquera Mesa y Guebelly.