Andrés Caicedo
Recuerdo un programa de televisión de los noventas en el que una Patricia Castañeda mucho más joven y aparentemente menos bisexual, recitaba con voz de quinceañera enamorada un montón de poemas empalagosos y llenos de -abrazames-. El nombre: Angelitos Empantanados.
Con esa referencia fija en mi cabeza, tenía entonces una buena razón para mantenerme alejado de este libro homónimo de Caicedo, al que le temía por sensiblero y pendejón; porque aparentemente era un libro de historias para niños y yo ya había leído, a mi debido tiempo, la serie "Un Cuento para cada día". ¿Para qué más?
No podía estar más equivocado al respecto. No sería responsable afirmar que Angelitos Empantanados es una obra maestra ni nada que se le parezca, pero sí lo sería el afirmar que no es un libro para niños mimados y que las historias que contiene son muy diferentes a ese montón de basura que se escribe en Colombia a manera de cuento. En efecto, un padre responsable solo usaría Angelitos Empantanados como historia para ir a la cama cuando sus hijos tuvieran dieciocho años (aunque tal vez ya sería tarde: otra persona los estaría llevando a la cama) y un profesor que apreciara su trabajo no asignaría este libraco a sus alumnos más jóvenes como lectura obligada. En la edición de Norma, hay una recopilación de citas a propósito de la obra de Caicedo y una de ellas, de Sandro Romero Rey, da en el clavo:
"Su obra es de los pocos ejemplos de la literatura colombiana que no pertenece a la "cultura oficial", ni sus textos van a ser de obligada lectura escolar, ni recibirá condecoraciones post-mortem. Sin embargo, por esas paradojas de la historia del arte, todo su trabajo merece un lugar predominante, toda vez que representa una de las obras más vitales, agresivas, trágicas, inteligentes y profundamente divertidas, que se hayan producido en muchos años en Colombia".
No agregaría mucho más. Este libro en particular, escrito en el lenguaje de las calles, tiene unas cuantas historias que nos cuentan (con la sutileza de quien ha abandonado la critica activa y se ha resignado a observar) lo que pasaba en aquella Cali de ricos y pobres, de Angelitos y pequeños demonios. Las de Caicedo no son historias quejumbrosas sino más bien, resignadas; historias de verdad, con personajes creíbles, que nos informan casi por casualidad y sin tanta algarabía lo que ocurría en aquella ciudad en la que los ricos tenían estaciones de policía en sus haciendas por miedo a las turbas violentas de gente de otros barrios. Es así, logrando con maestría la voz de un niño, que Caicedo nos echa cuentos sobre mucho más que corazones rotos y Angelitas llenas de pretendientes; nos narra también historias sobre el ser Caleño, sobre el alma y la energía que hacen que esa ciudad se mueva.
Aquí debo ser enfático: Angelitos Empantanados no es un libro para niños pero es, en una forma muy conmovedora, un libro escrito desde la perspectiva de un niño.
Leí el libro lentamente, como intentando responderme, al final de cada párrafo, a qué se debía toda esa genialidad que las gentes le atribuyen a Caicedo. Encontré muchas razones para considerarlo un gran escritor: Es uno de los pocos escritores Colombianos que logra usar en su obra el lenguaje de las calles de su región con verdadera maestría; no lo usa como un recurso efectista para hacernos reir o llorar (Léase a David Sanchez Juliao) o para entretenernos con la excusa de ser nuestro anfitrión en ese mundillo de palabras exóticas. El lenguaje de las calles y de los jóvenes en la obra de Caicedo, se presenta como algo que no es exótico; como algo natural, que no necesita explicación ni está a la venta para los turistas, como algo que dice mucho por sí solo. De esa forma, Caicedo no envilece esa forma de hablar, sino que la exalta al presentarla como un lenguaje real y muy elocuente; de esa forma, la obra de Caicedo se convierte instantáneamente en verdadera literatura, pues le cuenta con mucha dignidad al universo sobre las costumbres, las palabras y las gentes del Valle del Cauca.
El interrogante que respondí con más dificultad fue sin duda uno que me embargó desde que leí el título del libro por primera vez: ¿Por qué Angelitos Empantanados es un libro de Historias para Jovencitos?
Repito que si algún día soy un padre responsable no le leeré estas historias a mis hijos antes de dormir; pero supongo que el día en que dejen de ser niños, el día en el que sean unos jovencitos, les sería útil enterarse, por ejemplo, sobre la crueldad que llevan las jovencitas hermosas en las venas, sobre la cruel ternura que se esconde tras los ojos de una mujercita que conoce al hombre sólo como padre o pretendiente:
"Y entonces sonó el teléfono. Con media hora de retraso pero sonó, y su timbre era más lindo que todo, abría las puertas al mundo y a un bello día de verano. Y antes de despertarme alcancé a dar uno, dos brinquitos de felicidad. Luego abrí los ojos y descolgué el teléfono y oí su voz, oh Miguel Ángel, y le colgué, sí, pero por jugar. Quería que me llamara otra vez, oh, quería oír otra vez, oh, su voz. (...)".
No pude responderme esa simple pregunta de una forma satisfactoria, pero supongo que todo jovencito debería enterarse más temprano que tarde de las trampas del amor y de las ventajas de escapar a través de los sueños; Angelitos Empantanados es a mi juicio un gran manual de instrucciones sobre el ser joven, por lo menos en esos dos aspectos:
"Vengo de una raza notable por la fuerza de la imaginación y el ardor de las pasiones. Los hombres me han llamado loco. Lo cierto es que aquellos que sueñan de día conocen muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche. Diremos pues que estoy loco. Concedo por lo menos que hay dos estados distintos en mi existencia mental: el estado de la razón lúcida que no puede discutirse y que pertenece a la memoria de los sucesos de la primera época de mi vida, y un estado de sombra y duda que pertenece al presente y a los recuerdos que forman la segunda era de mi existencia. Lo que pasa es que soy muy feliz en la duda y en la sombra."

