Vivir junto al mar en este sitio, como en el sitio de donde vengo, no es necesariamente la gran cosa. No se requiere ser millonario o aventurero.
La pobreza es parte del paisaje y el horizonte se funde con la desidia. Todos: pobreza, horizonte y desidia, parecen infinitos.
Nadie se entristece ya por ser pobre o porque la civilización lo olvida.
La gente se entristece por cosas menos etéreas:
Porque la pesca está mala o porque muere un conocido.
Si el mar es sinónimo de progreso en otros lugares, acá es sinónimo de caos y mezquindad. Es casi siempre un sitio para ganarse la vida entre la basura y la podredumbre.
Esto no es Cancún ni la costa Azul. Este es el mar del tercer mundo y hay muchas preguntas sin resolver:
¿Qué debe sentirse al sonreír a las olas o al mirar un horizonte soleado sin arrugar los ojos?
¿A qué oleran la euforia y la felicidad en medio de la pobreza?
¿Qué tan divertido es jugar dominó por la tarde sobre una vieja mesa de madera rodeada de conocidos?
¿Habrá espacio para carcajadas verdaderas o el salitre escocerá las heridas y envenenará las almas?