viernes, mayo 22, 2009

The -Flying- Dutchman

The -Flying- Dutchman


Vivir junto al mar en este sitio, como en el sitio de donde vengo, no es necesariamente la gran cosa. No se requiere ser millonario o aventurero.

La pobreza es parte del paisaje y el horizonte se funde con la desidia. Todos: pobreza, horizonte y desidia, parecen infinitos.
Nadie se entristece ya por ser pobre o porque la civilización lo olvida.
La gente se entristece por cosas menos etéreas:
Porque la pesca está mala o porque muere un conocido.

Si el mar es sinónimo de progreso en otros lugares, acá es sinónimo de caos y mezquindad. Es casi siempre un sitio para ganarse la vida entre la basura y la podredumbre.

Esto no es Cancún ni la costa Azul. Este es el mar del tercer mundo y hay muchas preguntas sin resolver:

¿Qué debe sentirse al sonreír a las olas o al mirar un horizonte soleado sin arrugar los ojos?

¿A qué oleran la euforia y la felicidad en medio de la pobreza?

¿Qué tan divertido es jugar dominó por la tarde sobre una vieja mesa de madera rodeada de conocidos?

¿Habrá espacio para carcajadas verdaderas o el salitre escocerá las heridas y envenenará las almas?


En -La Mar-

Un Grupo de Amigos Juega al Tejo II

Hemingway cuenta casi a manera de dato curioso que hay gente que se refiere al mar como si el mar fuera una presencia femenina.

-La mar- le dicen.

Como si fuera una mujer.

Supongo que -la mar- se parece en cierta medida a las mujeres, pero no quisiera ahondar en detalles. -El mar- masculino suena más prosaico pero menos riesgoso.

Si viviera junto al mar, como algunos personajes de Hemingway, mi vida sería diferente.
Tal vez tuviera brazos fuertes y tal vez nadaría más rápido que Ian Thorpe.
Mi color de piel sería uniforme y mi espalda más ancha.

Si viviera junto al mar no pagaría la electricidad ni navegaría en internet, pero esperaría botellas flotantes en las tardes de sol rojo.
Algún mensaje llegaría trayendo noticias de viejos naufragios o de amores perdidos.

No leería poesía, pero rompería corazones con más frecuencia. Y arrancaría bikinis y contaría historias de piratas y de maldiciones.

Y también lanzaría botellas a las olas, contando incoherencias que se me antojasen hermosas.

Si viviera en el mar ya no querría ser un pirata, porque los piratas de estos días usan metralleta. Sería, sin embargo, un tipo recio y de pocas palabras.
Pegaría más duro que Tyson.

Si viviera en el mar sería un pirata, un bucanero, un ermitaño, un naufrago.

Si viviera.