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domingo, febrero 07, 2016

Sobre el Centurión de la Noche

Lo primero que debe decirse sobre "El Centurión de La noche" de Mauricio Silva Guzman es que se trata del intento más serio de contar la historia de Alvaro José Arroyo, uno de los mas grandes intérpretes de música popular de la historia colombiana. Silva Guzman logra contar la historia del Joe sin caer en la tentación de contarlo absolutamente todo, con aparente buen criterio para decidir lo que se cuenta y lo que se deja por fuera.

Este buen criterio editorial viene acompañado de una prosa limpia y ágil con la que se construye una historia relativamente coherente, narrada en tercera persona por un narrador que parece contarnos un montón de episodios que definen la vida de El Joe Arroyo con un cierto tono de fascinación que a veces suena exagerado y complaciente y que en ocasiones parece cruzar la frontera hacia el terreno de la hagiografía. 

 Es una lástima que esta segunda edición de la editorial La Iguana Ciega no le haga justicia a la historia del Joe ni al retrato que Nicolás Achury logró de él hace algunos años para aquel artículo de Rolling Stone también de autoría de Silva. La portada es un recorte horroroso de dicho retrato atravesado por un título y un subtítulo en letras blancas y amarillas sobre un fondo negro. A la izquierda una silueta parduzca ininteligible. "Una vida cantada", dice el subtítulo, añadiéndole un lugar común a la fealdad de la composición y al apiñamiento de la diagramación.

 Pero los libros no se juzgan por su carátula y hay dos críticas más serias que hacerle al libro de Silva Guzman.   La primera tiene que ver con su estructura narrativa pero quizá mucho más con el desatino que son los últimos capítulos de esta segunda edición. El segundo capítulo es un capítulo larguísimo que a su vez está dividido en 23 secciones que guardan cierta coherencia cronológica.  Cada una de estas secciones construye sobre la anterior para describir un cierto arco evolutivo de la vida y música del Joe, contándonos los ires y venires entre orquestas, sus coqueteos con la droga y la noche, la forma en que la muerte, la enfermedad y la decepción marcan su vida y su arte.  

 Pero algo extraño ocurre justo al final.   La que parece una última frase relativamente adecuada para esta historia sobre la música y la gente que produce el caribe no es en realidad una última frase.  El autor propone cinco pequeños capítulos más que no exceden las veinte páginas cada uno y que parecen un montón de retazos que no cabían en ningún otro lado y que se pusieron al final porque no encajaban en ningún otro aparte del libro.  En efecto, los capítulos tres, cuatro, cinco y seis bien podrían leerse en abstracto de todo lo que antes se dijo, bien podrían leerse como cuatro mini-ensayitos aptos para circular por sí solos en alguna revista de actualidad. 

Y esta pequeña falla estructural sería pecata minuta si el autor hubiera optado por semejante cosa para no privarnos de algo importante, pero desafortunadamente no hay nada particularmente interesante en esos últimos capítulos aparte de una par de citas de conocidos y expertos.  Aquella frase que habría sido un final digno en el capítulo 23 es reemplazada por un agradecimiento final que es, por lo menos, una cursilería ya antes vista:  "Gracias, Joe, por la escandalosa noche de verano que fue todo esto".
 
La segunda crítica que debe hacérsele a la obra de Silva Guzman es más importante porque no es una objeción de forma sino de fondo: En ningún aparte de El Centurión de la Noche hay un intento medianamente riguroso de apreciar la música del Joe Arroyo. Es cierto que se trata de una biografía escrita por un periodista y no un critico de música pero uno esperaría que un narrador tan embelesado con la obra del Joe hubiera hecho un intento mucho más lúcido y riguroso de proponerle al lector siquiera un atisbo de las razones por las cuales la música del Joe es tan numinosa, tan hermosamente simple y vital. Un atisbo de lo que hace a esta música del caribe tan diferente y tan especial.  Un ensayo más sofisticado sobre el talento innato de ese negro que hacía música sin poder leerla en un pentagrama.

Por el contrario, Silva Guzman cae reiteradamente en el error de usar el éxito comercial de los álbumes del Joe arroyo como el criterio principal para evaluar tanto su calidad musical como el valor relativo de una determinada producción con respecto al resto de la discografía. Es común entonces leer al autor describiendo y las canciones del Joe como hits o éxitos y dividiéndolas en  dos grupos básicos: temas que no sonaron y temas que se pegaron. 

Es cierto que hablamos de música popular y que todo indica que el mismo Joe Arroyo medía su trabajo con el termómetro del éxito comercial, pero también lo es que una biografía del Joe arroyo  en la que se le presenta como un genio musical debió haberse aventurado a hacer un análisis mucho mas riguroso de su música. De su música observada holísticamente: La que se bailó, la que fue exitosa, la que pegó pero tambien la que  está a punto de perderse en el olvido.  Una obra que se hubiera impuesto ese reto tal vez no habría caído tan fácilmente en la tentación de agraviar el talento del Joe Arroyo al atribuírselo, como hace Silva en dos o tres apartes de su libro, a algo sobrenatural o del más allá, a un don que vino caído del cielo, a la predestinación impuesta por designio de alguna deidad del más allá:  

"Es mar y río, que es definitivo. Es negro, indio y blanco, como una gaita. Y también es -y esto va para los creyentes- la clara demostración de que, en efecto, sí hay algo más por allá".

A pesar de estas ligerezas, es necesario insistir en que el libro de Mauricio Silva Guzman es un vistazo decente a la vida del Joe a través de una naracción amena y fluida.  Estamos ante uno de los primeros esfuerzos literarios serios por documentar la vida del Joe y queda claro, después de leerlo, que hay mucho más que decir y cuestionar sobre la vida y obra de este genio de la música.





lunes, abril 04, 2011

Tuitádas


Twitter Analog Camping Edition (Page 1)

Versión original publicada en la extinta Revista Claroscuro.


Mi primer problema con Twitter es casi de orden semántico. Si uno agrega a alguien a su lista de contactos en Flickr, por ejemplo, puede escoger entre llamarlo “amigo”, “familiar” o simplemente eso: “contacto”. A Zuckerberg, por otro lado, se le ocurrió que todas las personas que los usuarios de Facebook incluyan en -sus listas- se llamarían amigos. Y aunque no todas las personas en mi lista de Facebook son mis amigos (y aunque no quisiera que se me considerara amigo de más de uno en ese listado) nada supera el escozor que me causa la posibilidad de que alguien me pueda llamar "su seguidor".

¿Seguidor? A juzgar por esa palabrita, uno pensaría que estos señores (@jack, @biz y @ev) que se inventaron Twitter en el 2006 tenían en mente fundar una religión y resultaron fundando, por accidente, la red social más exitosa desde Facebook.

Y lo cierto es que Twitter es casi eso: Una suerte de religión que cambia de deidad con cierta frecuencia. Hace algún tiempo el olimpo Twittero era propiedad casi exclusiva de Ashton Kutcher y su señora, la señora de Kutcher (@mrskutcher, alguna vez conocida como Demi Moore) y entre ellos se mandaban twittazos muy tiernos y divertidos. Por estos días Twitter parece una religión a la medida de Lady Gaga y sus “Little Monsters” (el apelativo que ¿la cantante? usa para referirse a sus –fanes-) y de el bi-polar, bi-winner y bi-incoherent Charlie Sheen, que desde hace tiempo está jugando a ser el rockstar que los verdaderos rockstars de este momento histórico no se atreven a encarnar. -Seguirlo- a él tiene su encanto morboso, pero la mayoría de las veces, como en la vida real, resulta ininteligible. Los tweets de Charlie están llenos de abreviaturas, de palabras extrañas, de genialidades al estilo:




Para las supercelebridades, o para las celebridades de "talla mundial", como dirían los comentaristas de fútbol, Twitter es una opción perfecta porque les permite controlar el tipo de información que comparten de una forma más efectiva que Facebook. En Twitter pueden tener muchos -seguidores- e informarlos de lo que acontece en sus vidas privadas, en sus carreras, sobre lanzamientos de nuevos albumes, conciertos, libros o películas, sin necesidad de añadirlos recíprocamente a sus propias listas de -contactos- y con un control absoluto sobre lo que se comparte a través de su timeline.


Pero bástenos, para los propósitos de este texto, ese repaso rápido de la twittósfera internacional, porque lo que realmente nos interesa es lo que ocurre acá en las cercanías. De este lado del mundo también tenemos tuitádas. En la twittósfera Colombiana tenemos a un expresidente más activo en las redes sociales que Barack Obama, un pésimo fake (como se les dice en twitter a los perfiles falsos) de Joseph Göebbels (@joseobdulio), unos primeros damitos muy simpáticos y hablantinosos (@MartinSantosR, @tomasuribeEco) y un séquito, un gran séquito de bobos que viven desdeñando de su exmajestad.

En efecto, al Twittero Colombiano promedio le parece que lo más cool, que lo más chic, que lo más inteligente es ser Anti-uribista. Es la pose más exitosa. Y con esto recuerdo lo que dijo alguna vez el honorable señor JJ Rendón (escribo honorable para evitar las ya tan conocidas amenazas litigiosas que llegan cuando uno hiere las susceptibilidades de su majestad rumorológica) cuando decía, sobre la ventaja de Antanas Mockus en las encuestas presidenciales del año pasado, que estas habían sido el equivalente a preguntarle a un grupo de vegetarianos sobre sus preferencias alimenticias. Si la política en Colombia se hiciera primordialmente por Twitter, no habríamos tenido a Alvaro Uribe como presidente y probablemente Daniel Samper Ospina realmente estaría por convertirse en el próximo alcalde de Bogotá. Colombia en Twitter es progresista, anti-tauromáquica, muy tolerante con la diversidad racial y sexual y terriblemente cool e ingeniosa. Es una Colombia perfecta.

O no: Tal vez no es tan perfecta, porque entre tanto talante progresista los usuarios de Twitter aprovechan el acceso directo que la red social les provee a los oídos de sus -celebridades- para espetarles, con la valentía que les permite su lejano teclado, cosas tan inteligentes y tan agudas como: “Mátese” o tan originales como:





Y es que uno de los mandamientos de esta nueva religión es ser así muy varoncito, muy rebelde, muy hablantinoso, muy sarcástico.* Y por eso entre twitteros Colombianos y un par de marcas afines a la red social organizaron un concurso en el que eligieron al Twittero del año y resulta que el ganador fué Vladdo (o mejor dicho: a @vladdo, porque gracias a Twitter la gente ahora se llama @así). Y lo escogieron con toda razón, porque últimamente Vladdo se ha convertido en la encarnación de la rebeldía hablantinosa y bobalicona que Twitter propicia. El caso de Vladdo es interesantísimo porque prueba la veracidad de la sabiduría popular que indica que cuando te creen un genio debes guardar silencio, mucho silencio estratégico. A Vladimir Flórez lo admiran muchas personas porque es el creador de Aleida, una de las caricaturas más influyentes de la historia de Colombia y porque es sin duda un caricaturista talentoso que no le teme a poner algunos puntos sobre las íes. Sin embargo, sus recientes sesiones de insultos con Alvaro Uribe y toda su estirpe son vergonzosos. Hace algunos días publicó en su blog, casi con orgullo, una serie de mensajes que intercambió con Tomás Uribe a través de Twitter en la que respondió a algunas provocaciones del hijo mayor del ex-presidente, diciendo que los colores de la bandera gay eran más "lindos" que los de la bandera de corrupción que ondea la familia Uribe. Agregó, además, que entendía la estrechez mental de los hermanos Uribe dada la formación que habían recibido de su padre, entre otros insultos, más propios de esas viejas chismosas que se plantan en las calles de algunos pueblos costeños a insultarse solo por el placer de insultarse, que de el caricaturista más respetado y admirado de Colombia.

Yo creo en el talante librepensador de Vladdo y confío en que si lee estas líneas no las entenderá como un insulto o como una reacción de un furibista más. Twitter (alguien tenía que decirlo) le ha caído muy mal. Un tipo que puede, con un dibujito y una viñeta, poner a temblar a la fauna política Colombiana, un tipo que dibuja todas esas cosas tan divertidas, no debería rebajarse al insulto tontarrón, a la palabrería. Lo de Vladdo son las caricaturas, y con ellas puede insultar con elegancia, acusar con estilo, burlarse sin injuriar. Uno de sus dibujitos puede poner en evidencia y en mayores aprietos a cualquier político que mil y un tweets como los que acostumbra. (Este en el que compara a Ernesto Yamhure con una mula, en un chiste sin gracia, es particularmente desafortunado). 

No me interesa hacer el papel de juez del comportamiento Twittero, creo que todos cometemos nuestros excesos a través de Twitter (el nuevo mandamiento debería ser: "Don't drink and tweet") y que siempre se puede hacer click en "unfollow", pero el problema es que Twitter ha convertido a Vladdo en uno de esos personajes que parecen ganarse la vida insultando a Alvaro Uribe Vélez y a toda su estirpe. Y sabemos que los insultos pierden la gracia rápidamente si se reiteran, y que el mayor pecado en Twitter es precisamente ese: perder la gracia. Esos episodios de insultos públicos hacen ver muy mal a Tomás Uribe pero primordialmente, hacen ver muy mal a Vladdo, porque en ellos solo hay descalificaciones personales, acusaciones de corrupción sin mucho fundamento, nada nuevo. Si personajes como Armando Benedetti no proponen nada porque viven de asentir y celebrar lo que haga Alvaro Uribe, un vistazo a Twitter nos hace pensar que hay otros personajes que viven su vida por oposición a Uribe. Todo lo que diga o haga Uribe, su familia, sus copartidarios, sus amigos, es satanizado. Todo lo que tenga un tufillo a apoyo hacia lo que Uribe representa es inmediatamente descalificado como reacción "furibista".

Y así, resulta que Vladdo y otros cuantos han pasado a unirse al grupo de Daniel Coronel, que es el grupo de los peores interlocutores de Álvaro Uribe Vélez. Hace algún tiempo cuando Uribe era presidente, eran necesarios, pero ahora se dedican a insultar a Uribe y a responder a sus insultos escribiendo columnas casi ridículas en las que exponen todos sus méritos, su hoja de vida intachable, en las que resaltan la responsabilidad con la que ejercen la "tarea periodística". Pasan de ser el periodista a ser la noticia. 

Yo no soy Uribista, debo aclarar para no levantar suspicacias, pero creo que esta obsesión, esta furia Antiuribista es igual de tonta e innecesaria que la Furibista. Insultar a la familia Uribe (o a cualquier otra familia) de tanto en tanto no es precisamente la actitud que se espera de alguien que se haga llamar progresista, y abusar de Twitter publicando ocurrencias tontas sobre la "uribersidad" fué divertido las dos o tres primeras horas. Después fue un exceso ridículo.

Algo de razón debe tener Tomás Uribe cuando dice que ciertos personajes deben ir a terapia, a una terapia que les permita sobrellevar cierto estrés postraumático, o tal vez cierto estrés Post-uribista. Un especialista debería enseñarles como se construye una identidad ya no por oposición a Uribe sino una verdadera identidad individual, a ver si algún día dejan atrás los insultos y se dedican a lo que saben y deben hacer: informar.

La Colombia Twittera es así. Tal vez el vívido reflejo de que nuestra política y la agenda de los medios las hacen los furibistas, los anti-furibistas y los hijos malcriados de los presidentes. Creo que un presidente de la república debería tener una conversación seria con su hijo sobre lo que éste dice en público (especialmente cuando se refiere a un fallo de la Corte Constitucional) y debería trazar una línea clara e indiscutible entre los comunicados oficiales de gobierno y las tuitádas. Pero eso es solo lo que yo creo, y todo el mundo (para la prueba Twitter) tiene derecho a una opinión. Lo que está claro es que aquí todavía no empezamos a usar las redes sociales con responsabilidad (este tema fué tratado por Camilo Andrés García en una columna reciente) y que en este país del sagrado corazón siempre estamos prestos a celebrar las andanzas de los primeros damitos.

Hay que agregar, además, que esta red social creó (como si las tuitádas de las celebridades que ya lo eran antes de Twitter no bastaran) sus propias celebridades. Tenemos a una ensayista que se ha hecho famosa (algunos dirían infame) por la agudeza de sus textos pero principalmente porque habla de sí misma en demasía, responde preguntas de sus -seguidores- con frases provocadoras y ya nadie aguanta su ego.Tenemos consultores de medios, mucrackers y un montón de cibercelebrités que se han convertido para bien o para mal en verdaderos líderes de opinión.

Pero no todo en Twitter es una tuitáda. Es cierto que el grueso de los usuarios de Twitter parece pertenecer a una generación de adolescentes que fue víctima de bullying escolar y que ahora quiere vengarse del mundo conformando un ejército de bullies informáticos. Es innegable que hay gente que tuitéa cada cinco segundos como bajo la premisa de que al mundo le interesa qué tal estaba su almuerzo o como le fué en la última escala en el baño, pero también es cierto que esta nueva red social ofrece la posibilidad de recibir, en vivo y en una sola ventana, los titulares de las publicaciones más importantes del mundo y que esa simple posibilidad la convierte en una herramienta muy valiosa para asiduos lectores de prensa y revistas. A través de Twitter se puede acceder a titulares en vivo de casi todos los diarios Colombianos y de publicaciones tan importantes como The New York Times, Wired y Time Magazine. 

Esta última, a propósito, publicó recientemente un listado de 140 feeds en Twitter que vale la pena seguir. Y aunque el listado es controversial porque incluye a Taylor Swift, a Justin Bieber y a otro par de celebridades adolescentes que tuitéan para las quinceañeras, también incluye las @s de gente e instituciones muy interesantes. 

El especial de Time lista usuarios de Twitter en varias categorías que incluyen comediantes, líderes de opinión, escritores de culto y hasta personajes de ficción como Tracy Jordan, Homero Simpson y una hilarante versión ebria de Hulk. Alguna de esta gente que usa Twitter con gracia comparte sus columnas más recientes, comentarios realmente agudos, artículos interesantes y otros contenidos relevantes, al punto de que no es tan grave que lo consideren a uno "su seguidor".

Twitter es entonces todas las anteriores: una especie de religión, un lugar propicio para los insultos, un sitio en el que se comparten contenidos multimedia y artículos interesantes, una forma muy conveniente de mantenerse -enterado- y uno de esos gustos adquiridos cuyo atractivo es (en parte) el morbo que produce la ilusión de poder seguir la vida de alguién, en vivo y en directo, trino a trino. Y es que hay algo de placer pecaminoso en compartir, minuto a minuto, como en un incesante monólogo, lo que a uno le acontece, pero el morbo radica primordialmente en leer calladamente la vida de los otros. 

Tal vez sea necesario crear una especie de netiquette solo para Twitter, pero supongo que eso no debería sorprendernos. Esta red social no es tan diferente a la vida real después de todo, y aunque le permite a la gente dejar constancia de su valentía, de su constante ser cool, también prueba y deja por escrito, con el ciberespacio como testigo, que vivimos en una época en la que todos creemos tener una opinión, y que estamos dispuestos a insultar para hacerla valer.

Alex de la Iglesia hacía, algunos días atrás (desde su cuenta de Twitter naturalmente) una interesantísima anotación sobre estos tiempos en los que la lejanía de los teclados propicia falsas valentías, alimenta rebeldías superchic y patrocina descortesías que pasan sin ser castigadas. Decía: 




No podría estar más de acuerdo.

jueves, agosto 28, 2008

El Racismo se Mueve al ritmo de Tu Trasero

-Baila Morena, Baila Morena, perreo' pa' los nenes,
perreo' pa' las nenas-

Irónico estribillo de una pegajosa canción de moda.  


Party I

Puedo imaginarme mil y un otras razones diferentes para no asistir nunca a sitios como Gavanna y Gnoveva. Basta con hacer un esfuerzo mental y evocar este tipo de escenas: Uno llega a la entrada del lugar (después de perder cierto tiempo frente al guardarropa buscando algo que se vea elegante, casual y en lo absoluto conspicuo) y se enfrenta cara a cara contra un gorila de tres por tres (tres metros de largo y tres metros de ancho) que mira de arriba-abajo como haciendo un exámen rápido a lo que uno trae puesto. Es un tipo mal pagado, de toscas maneras y cerebro de palo, pero de su fulminante veredicto sobre la ropa y el aspecto físico del -rumbero-, depende que este logre acceder a esos templos de la rumba Bogotana en los que el tropipop, la adolescencia y la estupidez mandan la parada.

¿Qué sabe uno de estos tipos sobre moda o buen gusto?
No es un secreto para nadie que la estrategia precisa es vestirse de forma tal que no puedan sacar ninguna conclusión, que al ver tu ropa no puedan pensar cosas como: "Parece peligroso", "Va a beber aguardiente barato" o "Es un universitario jodido".

Aunque hay escenarios más difíciles: alguna vez me topé con un yuppie arrogante que despachaba a la gente en un dos-por-tres, como haciendo uso de unas agudas destrezas que solo he visto en perfiladores criminales. Una mirada y !Bum! Sabía tu estrato, que tipo de licor beberías, si eras amigo del dueño, si te acostaste con su mujer, etc.

Toda esta lógica es tan triste que me sorprendo a veces cuando, escudriñando en mi propia cabeza, me encuentro con esa extraña sensación que me indica algo así como: "Soy un tipo afortunado: Un metro sesenta y pico, facciones de indio, nariz de negro, sonrisa obtusa !y aún así nunca he sido rechazado en ninguna discoteca!".

!Oh Fortuna!

Después de que uno se somete a aquella humillante inspección, hace entrada triunfal a un lugar oscuro y ambientado por música de Bonka, de Daddy Yankee y de toda esa estirpe de musiquitos. Y juro que he visto más pasión y más genuino desenfreno en algunos velorios y entierros que en la mayoría de esos lugares. Siempre he creído que el olor a adolescente ávido de emociones fuertes mezclado con el de adulto buscón no son una buena receta. El negocio, por supuesto, es infalible: Uno prácticamente les ruega para que le permitan entrar a gastarse su dinero en ese licor que ofrecen a precios ridículos que rebasan la capacidad de pago del Yuppie promedio. !La gente, en efecto, te pide permiso para entrar a comprarte cosas que vendes al precio que te da la gana! ¿Como no se me ocurrió a mi?

Pero comprendo perfectamente a los amantes de la vida nocturna: Todos nos hemos sentido cool un viernes por la tarde, nos hemos puesto la ropa correcta y hemos tratado de no perder ese  ser cool con la inspección del bouncer; todos nos hemos sentido más apropiados cuando miramos hacia atrás y vemos a un montón de muertos-de-hambre que fueron descartados, que no sirven para material de fiesta.
Es perfectamente comprensible. Pero resulta que algunos cerebros más aguzados decidieron preguntarse un día cuales eran los criterios que usaban los bouncers y los -empresarios de la rumba- para decidir quienes entraban y quienes tenían que mantenerse al margen de sus establecimientos. La revista SOHO ya había denunciado alguna vez que uno de los criterios de exclusión se basaba en el color de la piel de quien hacía la fila y lo había descubierto enviando a dos grupos de afrocolombianos (unos vestían ropa formal y otros estaban vestidos con ropa deportiva) que fueron rechazados en las discotecas con explicaciones sospechosamente similares:
-"Hay una fiesta privada ¿Estan en la lista?"
- lo sentimos pero hay un evento privado en curso.

Minutos después, una persona de raza blanca, también enviada por SOHO, era recibida y bienvenida sin peros ni chequeos en listas de invitados.
En aquella ocasión, la revista SOHO hizo públicos los nombres de los establecimientos con inclinaciones racistas y aunque mucha gente supo de esas odiosas prácticas, nada extraño pasó y los universitarios parranderos y los junkies de la rumba hicieron caso omiso de la denuncia. Todo permaneció igual hasta que un grupo de estudiantes de la Universidad de los Andes, liderados por el profesor Cesar Rodríguez Garavito, se preguntó qué tan aceptables eran esas prácticas de exclusión en el modelo de Estado Social de Derecho que plantea nuestra Constitución Política.

Era un experimento sociológico interesantísimo: Un grupo de Afrocolombianos, vestidos con los atuendos que los jóvenes suelen usar para acudir a los clubes nocturnos,  intentarían acceder a Gnoveva y Gavanna, entre otros sitios, para averiguar si los "bouncers" llevan a cabo prácticas de discriminación racial o si por el contrario, se atienen a lo expresado en algunas entrevistas previas, en las que negaban la existencia de un criterio de exclusión basado en consideraciones de raza. El resultado del experimento, a mi juicio, no es nada sorpresivo: más fiestas privadas inexistentes, "covers" inexplicablemente más onerosos de lo normal, negativas y más negativas; mientras que a los estudiantes de raza blanca que hacían parte del experimento, les abrían las puertas sin muchos remilgos.
Ante las preguntas inquisidoras de los jóvenes negros, los bouncers respondían con palabras despectivas y en Gnoveva se atrevieron a cobrarles un -cover- de treinta mil pesos , mientras que los visitantes de raza blanca (incluidos los estudiantes vinculados al proyecto) ingresaban sin pago alguno. La gente que salía del club nocturno, por su parte, se sorprendía cuando el grupo de Afrocolombianos les preguntaba cuanto dinero pagaron para entrar al sitio. La respuesta generalizada era fría y contudente: Hoy no están cobrando cover.

Cuentan algunos cronistas efectistas que los jóvenes negros se sintieron terriblemente humillados, que la sensación de rechazo era desconsoladora, que se sentían excluidos y que aquella situación resultaba mucho más dolorosa porque las negativas se produjeron en plena calle, a la vista del público y evidentemente por razones de raza. Así las cosas, el Observatorio de Discriminación Racial de la Universidad de Los Andes decidió ventilar el asunto en los estrados judiciales mediante una acción de tutela impetrada en un líbelo lleno de detalles (aveces exageradamente detallado) en el que se explica el experimento realizado por los estudiantes, se justifica debidamente la procedencia de la acción de tutela y se peticiona (además de que se ponga fin a las prácticas discriminatorias y de que se produzca una disculpa pública a los afectados) algo novedoso: Que se replanteen en cierta medida las reglas sobre estándares probatorios, como se hizo alguna vez en Estados Unidos, para que los jueces puedan fallar con menos trabas formales y haciendo uso de presunciones y de criterios sospechosos, los casos en los que se evidencien discriminaciones ostensibles y claramente reprobables.

Algunos de los derechos fundamentales vulnerados con la aplicación de los criterios de exclusión en comento son, según los accionantes: la igualdad, la dignidad y el libre desarrollo de la personalidad. Y en este punto me parece pertinente hacer una pausa para pensar en qué medida influye en el desarrollo de la personalidad de un individuo el hecho de que se le impida entrar a una discoteca o a un club nocturno. Creo firmemente que los Derechos a la igualdad y a la dignidad del grupo de Afrocolombianos fueron seriamente comprometidos, pero me parece particularmente sensiblera y superficial la idea de que alguien considere truncado el libre desarrollo de su personalidad al verse inadmitido en un sitio como Gavanna o Gnoveva. ¿Qué elementos propios de la personalidad de un individuo se proyectan o se construyen en ese tipo de sitios? Supongo que el montón de cabezas huecas que conforman esta generación de jovencitos rumberitos y supercool me respondería que muchos, pero me parece que es una pregunta que debe responderse cuidadosamente.

Volviendo al tema que nos ocupa, es importante señalar que además de la gran elaboración que logran algunos de los argumentos contenidos en la demanda, de su indudable rigurosidad académica y del cuidado metodológico y técnico que denotan cada uno de sus acápites, dicha iniciativa es particularmente importante porque se atreve a denunciar a viva voz las maneras en que se manifiestan en Colombia las nuevas formas de discriminación racial propias de estos tiempos: Cada vez más sutiles, cada vez más difíciles de detectar, cada vez más aceptadas tácitamente por las masas. La tutela no es importante porque logre un triunfo en estrados judiciales contra dos sitios nocturnos que en algunos años ya no estarán, sino porque logra ejemplificar el discurso típico del racismo en Colombia, porque nos da ejemplos claros y palpables de las falacias con las que se construye la argumentación que sustenta la discriminación racial, porque nos alerta sobre la sorprendente facilidad con la que podemos caer en la trampa del racismo y nos enseña que éste empieza en nuestro fuero interno, en los recovecos de nuestra cabeza.

En efecto, alguna parte de la sentencia podría consultarse como un catálogo de afirmaciones y conductas  racistas; podríamos acudir a él para darnos cuenta de aquellos momentos en los que sobrepasamos el límite que separa una idea aparentemente inofensiva de una idea peligrosamente discriminatoria.

Bastaría con cuestionarnos a la luz de sandeces como estas (transcritas del escrito de la tutela):


"Por: Damned 


“Bah.. entonces pobres negros?? que acaso no tienen las mismas capacidades de un 

blanco, mestizo, moreno, rubio?? cual es el cuento?? dia de los afro, politicas 

especiales para los afro...” 



Por: antoniorojo2008 



“Ahora que la comunidad afroe (sic) esta en su semana de reconocimiento,deberian 

hacer una campaña interna entre su gente para que por favor en vez de estar siempre a 

la defensiva tratando de justificar su comportamiento y actitudes en esta ciudad mas 

bien deberian trabajar para que su comunidad aprenda a convivir con la mayoria de 

las personas que habitan en bogota..en esta ciudad la mayoria de la gente trabaja muy 
duro y estudia mucho para superarse dia a dia y la counidad negra por supuesto no es 
la excepcion .el pero es que muchos afros no quieren aceptar las normas ciudadanas de 
la comunidad en donde viven y este es el problema de los reclamos.em la unidad 
residencial en donde vivo por supuesto hay comunidad afro viviendo alli.la mayoria de 
los reclamos de los demas habitantes de la unidad son por ruidos,exceso de 
tragos,problemas con basuras etc y la casualidad es que en el 95% vde los casos esta la 
comunidad afro involucrada mentos”. 



Por: leyarak 



“Tengo amigos negros a los que les gusta el buen rock, aunque algunos no lo crean. sin 

embargo, en cuanto a esta nota debo decir que ellos mismos son racistas, cuando un 

blanco quiere entrar a uno de sus bares, donde escuchan champeta y vallenato, y si 

dejan entrar a un blanco es para que lo rechacen. además lo cierto es que por unos 

pagan todos... son escandalosos, peliones y demás. se salvará solo un 10% . de resto 
son iguales”. 



Por:viper666 



“todos sabemos que nadie es mas racista que los mismos negros, ellos discriminan a 

los que son diferentes a ellos y se muestran como las victimas, o quienes son los únicos 

que tienen asociaciones y todo tipo de agrupaciones en "defensa" de sus vulnerados 

derechos, también debemos ver otra cosa, lo único que saben hacer los negros es 

vender mangos o ser abogados, nada mas los primeros porque no hacen nada, y los 
segundos porque se la pasan lagarteando puestos políticos en cuanta campaña y 
entidad publica hay. ponganse mas bien a trabajar y dejen las idioteces, por ultimo 
debo acotar una cosa, "cuando han visto que un negro se gane un premio nobel", no es 
por racismo, es por falta de ponerse a trabajar y en lugar de hacerse la victima se 
dedique a hacer cosas productivas”. "


Y basten esas perlas como ejemplo. Solo agregaré que la tutela también es importante porque desenmascara a los que se lucran vendiendo -fiesta- y rumba para la gente "cool" de esta ciudad, para la gente "bien" de Bogotá. Porque denuncia que los filtros en las discotecas obedecen en parte a una idea que se haga el -bouncer- sobre los posibles "activos que posee la persona de la fila" (véase la sentencia) y en parte a prejuicios raciales propios de las mentes más retardatarias y superficiales que alguien pueda imaginar.

Es particularmente preocupante, produce cierto asco, el hecho de que uno de los accionistas de los clubes nocturnos condenados se atreva a afirmar lo siguiente con el fin de justificar o defender su conducta:

“A mi lo que no me parece y no me gusta de la situación es que por qué
no hay denuncias de los blancos que devolvemos. Esos sí son hartos. Nosotros
por que devolvemos una vez en un año a cuatro negros por que no nos gustaron
las viejas es una denuncia y… noticia por que es racismo. Y por qué no hay
racismo y clasismo cuando devolvemos… párate en la puesta y verás que
devolvemos a 50 – 60 personas blancas todas las noches”.

!Devuelven a más gente blanca Carajo! Es que no todos parecen tener los activos que se requieren para entrar a Gnoveva o a Gavanna.

Y ahora todo se hace más claro, es que otro criterio de exclusión es que no les gusten "las viejas".

¿Y qué hay que hacer para que "una vieja" les guste?

Es preciso empezar a cuestionar la tolerancia multicultural de nuestra vida nocturna.  Si uno va a un sitio a pasarla "bien", con gente "bien", esperaría por lo menos que en dicho sitio no se toleren conductas que reprueba, que le impedirían pasar un rato agradable. Los prejuicios, el racismo y la exclusión (por ejemplo) no son cosas divertidas; el racismo no es Chic y no es propio de la gente "bien" rechazar a alguien basándose únicamente en un vistazo superficial a su aspecto físico. Parece, además, que el racismo en Colombia es algo frecuente en nuestra gente -bién- y eso es peligroso en una sociedad que raramente cuestiona los valores de esa gente tan honorable e impoluta.

 La iniciativa de La Universidad de Los Andes, mi universidad, es un paso hacia adelante porque, repito, es una gran DENUNCIA con nombres propios que nos sugiere, si lo pensamos detenidamente, que el racismo está allí latente, de que lo apoyamos cada vez que meneamos el trasero en Gnoveva y Gavanna. La tutela instaurada por el ODR, examinada con cuidado, nos delata a todos: Nos hace caer en cuenta de que en el fondo somos nosotros los que legitimamos aquellos odiosos métodos de descarte al ponernos en la fila, bajo el escrutinio de esa estirpe de bobos gigantescos.




El autor de esta nota agrega que otra razón para evitar los -rumbeaderos- "de moda" es que el -rumbero- bogotano promedio tiene cara de idiota. Este es, sin embargo, otro prejuicio contra el que hay que revelarse.