miércoles, agosto 16, 2023

Flying Back to Casablanca




Flying Emirates has its perks. One of my favorites is being able to watch the classics: Many fellow travellers gravitate towards Gone with the wind, but I tend to prefer Casablanca.  For starters, it’s not a story about spoiled beautiful southerners and their struggles to find a husband. This is the story of Rick Blaine, a salon-owner, a gunrunner and a roulette-fixer who finds himself faced with exacting choices at the edge of a world dominated by the third reich.


Rhett Butler has its memorable lines, but Rick’s drunken admonition: “Of all the gin joints, in all the towns, in all the world, she walks into mine” is really the kind of conjuration that all gentlemen may have used on certain days when the past comes back to haunt them in the form of a painfully beautiful woman. It’s hand down one of the coolest lines in the history of Cinema. Yet Rick has no proclivity for the lachrymose: Casablanca is not a cheap tale of impossible love, it is a story about what it means to be a man when the going gets tough. It is a story about staying true to oneself at virtually any cost. 


It brings us to a lawless Casablanca that is the last stop and gateway out of a world that has gone to hell. All its denizens are there in passing and most of them seem to be plotting an escape. The planet seems to be crumbling as we witness all this. Or not: The nazis seem to be finally losing the war. But for some, like Rick, there is no escape possible, the rumour goes that he is wanted for a dire crime somewhere in New York.





All the right images are there: A loyal friend who warns her about all the water under the bridge and refuses to play that song that reminds you of her. A quick-witted policeman who has everything for sale and never pays for his drinks. A resistance hero who escaped a concentration camp and now looks impeccable on a double-breasted jacket. A hauntingly beautiful woman who left you waiting one day by the train station, as the nazis marched into Paris. In Rick’s words: “A guy standing on a station platform in the rain with a comical look in his face because his insides have been kicked out”. ¨Not an easy day to forget. I remember every detail. The germans wore grey, you wore blue”.

If Godard was right about great movies and tragic endings, Casablanca is also great on that count: It closes with a half fatal finale comparable to those in good westerns, where cowboys ride into the sunset. Rick knows that he won’t be able to live with any other choice. And it is in that sense that Casablanca is a master tale about finding the courage to do the right thing at any cost and without flinching, a grand work (full of great music) about masculinity, about being vulnerable and strong at the same time. It’s been more than 80 years and we should all still be a little more like Rick. I certainly hope so.

domingo, julio 17, 2022

Mamá

Mamá

Se llama Julieta. Hace poco estaba de cumpleaños. Nos conocimos en Barranquilla un día de Febrero de 1986, dice ella que en la madrugada. Recuerdo que desde el comienzo su cara me producía una suerte de fascinación. Entre todas las caras que se asomaban a mi cuna, me parecía que la suya tenía una suerte de belleza dulce y analgésica. Ese tipo de belleza que no invita al desasosiego sino a la calma. No podría decirlo con plena certeza pero estoy casi seguro de que un atisbo de su cara era suficiente para interrumpir el llanto de mi hermana y el mío.


Ha pasado el tiempo. Ya no es la mujer-niña de las fotos que me arrullaba con canciones de cuna llenas de misterio, pero en su cara todavía encuentro esa dócil y apaciguante dulzura. Sospecho que no la apagan los años porque es una belleza que emana de algún sitio que no se alcanza a ver a simple vista. Es la manifestación de un mundo interior que todavía rebosa de la dulzura y la lozanía de la juventud.


Ella es así: Cuando quiere es más bien dócil, más bien paciente, más bien conciliadora. Va por la vida llena de curiosidad y repartiendo sonrisas, como una niña a la que el mundo todavía no ha decepcionado. Casi siempre, digamos: Los que la conocemos de cerca sabemos que también es capaz de una especie de furia intransigente que solo puede haber sido heredada de un conservador de directorio. 


Cuando las horas se hacen difíciles cruza los océanos para llenar de vida las habitaciones vacías y poner en orden los trastos. Desde la cocina inventa alimentos que reparan corazones rotos y alegran los días grises. En el sofá convierte su regazo en almohada para cabezas confundidas. Siempre ha sido así: Sospecho que mi infancia más temprana habría sido un universo de soledades sin sus preparaciones de Halloween y sus ovejitas de pesebre. 


Siempre da mucho más de lo que quita, aunque a veces solo aporta una apacible y silenciosa presencia. Escucha, sonríe y aconseja, aunque uno no le preste atención, y con los años ha aprendido a juzgar menos y a escuchar más. Por lo menos a mí.


De ella heredé su capacidad de maravillarse con el mundo. La ingenuidad curiosa que se necesita para embelesarse con las historias que cuentan los libros o los viejos. A dar sin tantos cálculos, a hacer amigos y a hacerle espacio a los sueños. A conciliar primero y a pelear si es necesario. 


Es abogada, pero algún día renunció a una carrera fulgurante para seguir siendo la compañera de mi viejo. Llevan ya casi 40 años juntos y aunque este tipo de amores se construyen de a dos, esa otra larga -carrera- se la debemos sobre todo a ella. Lo ha dado todo para preservar el hogar como refugio a través de las fronteras y la distancia. A veces creo que no le hemos agradecido lo suficiente.


Su amor es un amor sin condiciones, sin reservas, sin miramientos. Es ese férreo amor de madre del que hablan las novelas y el sicoanálisis. Un amor cimentado en la biología y a la vez tremendamente irracional. El amor-pathos Freudiano que se usa para comparar y medir todos los otros amores, como la pulsión que describen las personas que superaron la adicción a ciertas sustancias: Las prueban una primera vez y pasan el resto de sus vidas volviendo a ellas para recrear esa sensación primigenia, ese primer amor.


Supongo que no todo el mundo tiene el privilegio de contemplar tan de cerca esta patología en estos tiempos de soledades Instagrameables. Noto en la calle mucha gente a la que le faltó mamá y un par de abrazos. Un poeta que leía en la adolescencia escribía que “(…) si hay una razón para otros amores es recordarnos que no son el único”.


Lo cierto es que el amor de Julieta es brillante y maravilloso y le pido a la vida que me regale muchas ocasiones más para celebrarlo a su lado, para agradecerlo con acciones y para guardarlo de a poquitos en una colección de memorias hermosas que sean una fuente infinita de luz para todos los días azules o grises que estén por venir.